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Donde siempre es de día, de Isabel Marina

(Texto de la presentación en el Centro Asturiano, Madrid 11-5-24)

Por José Cereijo

“La melancolía… es el origen de la poesía”, leemos en la página 46 de este libro. Es una versión, al menos aparentemente, pesimista de las palabras de Bécquer en la segunda de sus “Cartas literarias a una mujer”: “Todo el mundo siente. Sólo a algunos seres les es dado el guardar como un tesoro la memoria viva de lo que han sentido. Yo creo que éstos son los poetas. Es más: creo que únicamente por esto lo son”. Es, también, otra forma de decir lo que dice Machado: “Se canta lo que se pierde”.

He dicho, de todas formas, que ese pesimismo es sólo aparente. En la página 40, Isabel Marina ya había dicho que “Me creo en cada página”. La poesía, pues, no sería únicamente una forma de evitar que se pierda aquello que hemos vivido, que hemos sentido, sino también, y quizás ante todo, una forma de vivir en plenitud, de hacer que la vida sea realmente eso, vida, y no mera supervivencia, transcurso (y desgaste) del tiempo. Aquí podríamos recordar igualmente las palabras de Proust, que es cierto que titula su ciclo novelístico hablando del “tiempo perdido”, pero que también, en él, dice esto: “La verdadera vida, la vida al fin descubierta y dilucidada, la única, por lo tanto, realmente vivida es la literatura”.

Yo creo que este libro que hoy presentamos está instalado en esa tensión entre lucidez y melancolía; es más, creo que, de algún modo, vive de ella, que ése es su centro, su significado más hondo. Una y otra vez nos encontramos en él con esa constatación de lo pasajero, de lo fugaz; así, por ejemplo, en la página 38 se dice: “Divago por calles interiores… donde todo es un punto de fuga, una continua desaparición”: pero justamente en la página de al lado, la 39, consta que “Escribo para adivinarme”.  Un proceso continuo, por tanto, no sólo de pérdida sino de descubrimiento, de revelación, que nunca cesa, que, en todo caso, sólo cesará con la muerte, y quizá ni aun entonces, como veremos. “¿A quién habré de despedir / cuando llegue la hora?”. Es, pienso, a esa luz a la que está escrito (y sentido, y pensado) este libro, que no me parece casual que se titule “Donde siempre es de día”; título que, como se ve, parece tener menos que ver con la pérdida que con la iluminación, con la “verdadera vida” proustiana.

Proceso que no es sólo gobernado por el afán de conocimiento, que no es meramente una cuestión de inteligencia, sino de supervivencia, porque “Lo que existió desaparece / y hasta la memoria duda. / La verdad se convierte en mentira / inexorablemente. // Todo nos engaña”. Por eso hablaba antes de “tensión”: una lucha no sólo por recobrar lo que vamos perdiendo, ni siquiera sólo por aclararlo, sino por evitar que se falsifique, que “nos engañe”; para alcanzar, pues, esa “vida realmente vivida”, no sólo es necesaria la “dilucidación”, sino la alerta continua, la vigilancia, el estar perpetuamente despiertos, como quería John Donne: “nadie duerme en la carreta que lo conduce de la cárcel al patíbulo, y sin embargo todos dormimos desde la matriz hasta la sepultura, o no estamos enteramente despiertos”. Y por eso es ahí, pienso, en ese lugar difícil, tenso, pero lúcido y abierto, donde trata de instalarse esta voz, “donde siempre es de día”.

Vivir en la ignorancia de la que hablaba Donne es fácil: todos lo hacemos. No, en cambio, hacerlo en el conocimiento, en la atención, en la disposición, en la sinceridad con uno mismo, como la “amante” de la página 95. Decía Jaime Gil de Biedma: “Hacer buenos poemas no es fácil, pero algunos lo consiguen; hacerlos y no engañarse con ellos, ni engañar al lector, sólo lo consiguen poquísimos”. A ese logro difícil es, me parece, a lo que finalmente aspira este libro; y no, o no sólo, como antes decía, por un prurito de lucidez, de conocimiento, de “hacerlo bien”, sino porque a su autora le resulta necesario, más aún, imprescindible, aspirar al menos a él, porque sólo de ese modo le parece posible vivir, vivir de veras; porque incluso el arte, del que se ocupa repetidamente en la tercera parte de las cuatro que tiene el libro (sobre todo de la música: Bach, Hildegard von Bingen, Vikingur Ólafsson; pero no sólo de ella: Giacometti, De Chirico…), si de algún modo puede “salvarnos” es “con su verdad”.

Y ahí, cuando nos estamos jugando realmente la vida, la vida verdadera, no caben transacciones: sólo a través de ella, de la verdad, es posible hacer frente de algún modo a la “sed infinita” que nos consume, a los “otros cauces” por los que “transita” “lo que de verdad es”. Porque “con las palabras / ya no estás tan solo”, y porque por ellas, por esas “pocas palabras verdaderas” a que aspiraba Machado es posible acceder a ese lugar “a donde no llega la muerte”, ese lugar desde el que “Scriabin llena mi cuarto. / Sigue estando tan vivo, él, / que tenía pánico a morir”; ese lugar, en fin, “donde Scriabin y mi madre / nunca morirán”. Ahí, a ese lugar, a esa luz, es a donde aspira, pienso, a llegar este libro. Donde siempre es de día.

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ViVa, de E.E. Cummings

Una reseña de ViVa, de E.E. Cummings, publicada en la revista Piedra del Molino

Por Rafael Morales Barba

Tuve la suerte de leer a Edward Estilin Cummings (1894-1962), del que siempre se abrevian los dos primeros nombres, en unas ediciones norteamericanas de los años 80. Mas tarde en una edición bilingüe que me regaló Carlos Bousoño, tras comentarle mi admiración por su poesía, y las dificultades que tenía con la lectura de sus versos. Debo confesar que mi mujer, Isabel Salto-Weis, profesora de inglés, me salvó muchas veces de los numerosos escollos que presenta el libro en forma de giros y expresiones, además de la sintaxis, del gran poeta norteamericano. No es fácil su propuesta, en efecto, pero a cambio proporciona en sus mejores momentos el sabor del auténtico saber decir, además de una intensidad sin impostura que le aleja de los mistificadores escondidos tras el experimentalismo. Y quizá por esa dificultad ha sido obviado en nuestra tierra. Para cubrir esa carencia, y además en un libro de referencia del escritor, la editorial El sastre de Apollinaire y el espléndido traductor que es Pedro Larrea, nos han acercado este libro diferente y hecho posible que podamos acceder a uno de los momentos más libres de la poesía moderna.

ViVa con esas dos uves mayúsculas es además la primera vez que se publica en España de manera íntegra, aunque data de 1931. Libro lúdico y experimental, como nos recuerda Antonio M. Figueras, y que forma parte de lo mas selecto del escritor estadounidense junto a Tulips and Chimneys (1923), que le catapultó a la fama sin haber cumplido aún los treinta años, o el espléndido No Thanks (1935). E.E. Cummings, que conocía bien las vanguardias y se acoge a ellas, incluso en el mismo título, con dos uves mayúsculas (ViVa) en homenaje a las uves superpuestas que significaban en Italia “larga vida”, incluye además como se nos recuerda, el magistral poema “Somewhere i have never travelled, gladly beyond” y que recita Michael Caine en la película Hannah y sus hermanas. Lectura pues, muy recomendable.

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El tiempo, el tren que siempre pasa

Una reseña sobre De la nada en adelante, de Pedro Díaz

Por Esperanza Párraga

He vuelto al pueblo después de meses de ciudad, han quitado el tren que circulaba y ahora, es difícil volver a los orígenes… por carretera los cielos son azules, pero no es lo mismo, el tiempo transcurre más dulcemente por los raíles metálicos, y las ventanillas dejan más realidad a la intemperie. Llevo el libro de Pedro entre las manos para sumergirme en sus versos como consuelo y quietud.           

El libro tiene belleza en sí mismo, una imagen cuidada que invita, el sol y el frio, juntos y reconciliables gracias a la poesía que ya se funde con la nieve del paisaje de la cubierta:

 “Tengo la memoria atada con unas cintas

y los pensamientos perdidos por campos de Baudelaire”…

Así me atrapa, con la sencillez y la claridad de esa luz.

Comienza su primera parte con el dibujo de un túnel, entro, el primer poema: “LA MIRADA IMPERFECTA” lleva una cita de Antonio Gamoneda: “Cada distancia tiene su silencio”, “Cada distancia tiene su silencio” repito como el eco aquel del túnel bajo la vieja vía de tren en mi pueblo de Toledo (también de Toledo, Sevilleja de la Jara, el pueblo natal del autor).

En la lectura no puedo evitar marcar poemas y versos, así, del poema “RETORNO”: 

“un caballo es blanco hasta donde se sabe

porque ya se sabe

que el color no es lo que parece

el tiempo no es lo que parece

nacer tampoco

la perfección no existe

la muerte tiene mucho de qué callar

y el mundo cabe

en una caja de cerillas”             

“el mundo cabe en una caja de cerillas”, me digo mientras enciendo la vieja cocina de gas, de nuevo el eco del frio del viejo túnel, ahora en casa que antes fuera la nuestra (¿desencuentro?):

“estoy sentado a la orilla de un río

una vía sin trenes se extiende hacia la nada”

Comienza diciendo Pedro en el poema “PREMONICIÓN DEL DESENCUENTRO”

El autor, después de muchos años, tiempo al fin recorrido, se mete en el túnel, ese que ahora le permite reencontrarse con su madre…Recuerdo como, tomando café y con el afán de ayudar que siempre le ha caracterizado, Pedro me cuenta como su madre sorteaba ese túnel, dando la vuelta al espacio, para que el niño no sintiera miedo, y ahora se adentra en el silencio oscuro de la nada, sabiendo que hay después, tal y como hubo antes. Nos dice:   

“Hubiera ido antes disfrazado de hogaza o de insecto

a revisar contigo las estrellas que fueron

a pesar de mi miedo a los murciélagos

colgados de la oscuridad”   

Desde un hecho pasado introducido en su cuerpo de entonces, el poeta hace perla y nos la ofrece, humilde como canto rodado, y quizás sea:

CANTO MOJADO

Un muchacho duerme

duerme sobre un poema no escrito

la almohada es blanda como canto mojado

Deberían de inquietarle las sombras

los saltos del agua

los ángeles que se creen hombres

pero él solo trata de ahuyentar con el sueño

el frío del crepúsculo

Comienza la segunda parte apacentando “los caracoles del recuerdo” y yo siento la fría y suave baba del caracol del huerto en mi mano de niña.  

“Me siento cómodo en el surrealismo”, me dice en el café compartido, y es verdad, así lo siento al leer y releer sus poemas, sobre todo en esta parte, de “OTRAS MIRADAS” y nos lo ofrece sin pudor para que edifiquemos a nuestro antojo…alrededor del tiempo o del vacío, ¿nada? Así, al final del poema, EL PUNTO VANO, dice:

Hubiésemos echado a correr

o mudarnos de asiento como los tránsfugas si no llegan a tiempo

los recuerdos

y si la mirada se pierde por una cavidad y no regresa

entonces

hacia qué punto vano dirigir la memoria

Y nos ofrece donde asirnos, nos deje o no caer este presente:

AGARRADEROS

Que no haya presente es tan posible como el visto y no visto de la fortuna en una casa desolada o si una copa de vino, a punto de acordarse, no consigue olvidar y no recuerda la pista de volver de cualquier sitio. Ni siquiera cuando creamos o dormimos se para el tiempo; sólo aparenta ser una estatua en reflexión y tan duradera como una figura sobre un papel en blanco.

No hay de qué preocuparse porque:

“Las cigüeñas vuelven con la puntualidad del reloj vaciado de horas, y formar collares aéreos alrededor de la altura es razón de los vencejos, que para eso duermen en el aire.”

 Y tener confianza porque dice:

“No se pierde quien tiene confianza, aunque tal vez sea bueno mirar dentro de un pozo y examinarse el alma en el agua.”

Y en un estado especial, ese que describe en el poema OCTUBRE DE DOS MIL VEINTE:

“atizamos los volcanes como si fueran hogueras de san juan para llevar claridad a los túneles que muestran el lado amable al salir y al entrar y por si fuera poco los pasos hacia el día prometido también están iluminados ya sea con faroles y relámpagos o hachas encendidas de gamonita”

Sigo leyendo, ya en la tercera parte, que comienza con el paisaje dibujado también por Aitana Díaz, me acaricia el poema de presentación y me atrapa el primero de ellos: LOS OJOS DE LA CALLE, que les leo a continuación.     

Salgo al patio, de redondo cielo, y escribo: “todo espera en el aire libre de la infancia”… ¿por qué? ¿Quizás por el recuerdo de los vuelos al atardecer que me llevaron a escribir poemas entonces y que me ha evocado esta lectura? O porque quizás, ahora en el jardín (casi más hierba y amarillo de diente de león, por su descuido) leo el poema “EN EL JARDÍN”, los versos: 

“Acaso vivir sea como un sombrero de paja, agostado y enfermo, desvestido incapaz de ser y de mimetizarse con la lencería verde de los lagartos o tan solo sea como el vuelo inesperado de una golondrina que entra en el jardín”

Y en el poema final, EL FUTURO ES UNA LARGA MANO DE ESCOMBROS, está lo presentido: 

“los niños y los pájaros tienen el acreditativo de la libertad y la sorpresa de encontrarse con las manos vacías lejos de los cálculos de la supervivencia como el que oye llover y sigue andando”

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Melancolía

Una reseña sobre Un árbol que tiembla, de Isabel Marina, publicada en el número 8 de la revista Ítaca

Por Jesús Cárdenas

El motivo de la muerte sigue siendo entre muchos un tabú, como si al no pronunciarse, el final se pudiese evitar. En nuestra mejor tradición literaria es un lugar común. Heredado de la poesía griega y constante a lo largo de la Edad Media, entra a formar parte en la lírica barroca debido al pesimismo que asolaba las ciudades a lo largo de varios decenios del XVII, y termina por convertirse en uno de los asuntos, junto con el amor, más tratados por los poetas románticos –especialmente los ingleses. Quedémonos con dos de las posturas románticas: la muerte como fuerza arrebatadora e irremediable (herencia clásica del tempus fugit), y como consecuencia de la misma, el dolor que engendra la ausencia en los presentes (herencia de las Coplas manriqueñas). Ambas actitudes se combinan, ejemplarmente, en la más reciente entrega lírica de Isabel Marina, Un árbol que tiembla (El Sastre de Apollinaire).

Un árbol que tiemblaes deudor solo en una parte de las publicaciones anteriores, Acero en los Labios y Un piano entre la nieve. En esta tercera,la poeta avilesina nos lleva al entendimiento y aceptación del fin de los días, y con tono melancólico contempla reflexionando las etapas que ha dejado: infancia, adolescencia y juventud. Con todo, el que ahora se presenta mantiene algunas peculiaridades del discurso propio de Marina: la interiorización y la trascendencia de la expresión existencial. Al cabo, poesía de tendencia existencialista.

En más de sesenta poemas repartidos en tres secciones: «Malinconia», la más breve, homenaje a los ausentes, empleando la memoria y la contención sutil en versos entrecortados; «Fragile», la central y más extensa, la aceptación de nuestro destino no evita la emoción y que se cuelen varios referentes geográficos y musicales, símbolos de la belleza; y «Bloom», la conclusión, la posteridad y lo metapoético se funden. En sus páginas Marina conjuga poemas breves y ágiles junto con poemas más distendidos y poemas en prosa.

A diferencia del sentimiento tormentoso que resulta la vida para los escritores románticos, y en contraste, al entendimiento de los poetas griegos como una angustia; para Isabel Marina es motivo de agradecimiento y reflexión, con momentos espléndidos de belleza, amor y poesía, que compartimos con los demás y, por supuesto, con los lectores. El libro contiene, además, jugosas ilustraciones de Federico Granell y un prólogo de Ángeles Carbajal.

Buscando el sentido del título del libro, leemos en la conclusión del primer poema, que resulta tan bello: «Miro mi mano: / sus huesos son / un árbol iluminado, / un árbol que tiembla». En estos poemas presentimos la fragilidad de nuestra existencia, nuestro ciclo vital. Y la metáfora de que la poeta es un árbol. Posteriormente, los poemas transmiten una honda sensación de verdad en los recuerdos del padre, de la madre y de la casa. «Frente al mar» es un poema magnífico, fruto también de la herencia clásica, y es también un poema clave para el conjunto. El sujeto siente la necesidad de definir el mar y las olas, que arrastran los recuerdos hasta convertirse en «prados melancólicos». El tránsito se muestra como una corriente ininterrumpida («este viaje sin paradas») y que apunta al deterioro («donde se presiente / el final de la casa en ruinas»). Poesía de la memoria y metafísica, también.

En la sección central, tal vez, se hallen los mejores poemas del libro. Pese a un recorrido por distintos puntos geográficos (Venecia, Estambul, Biarritz, Asturias), por la poesía de fondo junto con la hermana de la poesía, la música (John Field), donde el sujeto rememora la belleza, se presenta la idea de que la existencia es demasiado finita como para andar perdiendo el tiempo, de ahí que nos colmen estos poemas, como si fuesen, en realidad, pasadizos por los túneles de la memoria, volviendo a revivir momentos placenteros. Así, asombra la condición para disfrutar plenamente de la capacidad del hombre por realizar obras que traspasen el tiempo. Ocurre en el delicioso «Un parque en Estocolmo»: «Son parques de gente melancólica, / de lectores de poesía silenciosos»; y si observan una escultura quedan impresionados «demostrando que existe una belleza / capaz de trascenderlo todo». El poema «Travesía» enlaza con la sección anterior, por lo que ayuda en la cohesión del conjunto. La fugacidad es conducida por el subterráneo y sale a la luz de un modo casi coloquial, siempre cercanísimo: «Es tan breve la luz que nos ilumina, / que un borracho canta para ella / en el callejón que hoy es su hogar».

En la última sección, los poemas cantan a la libertad, al hecho de existir, de estar hic et nunc. Una joyita es este momento climático del poema «Canta Jessye Norman»: «Escuchando a Jessye Norman / me figuro que soy libre, / que puedo alzar el vuelo, / que puedo conocer a Dios». Aun así, el arte seguirá acompañando, reforzando y sirviendo de refugio, como lo hace, nuestras vidas. Así, es recreado Monet o Friedrich; o, lo que es lo mismo, aludidos dos movimientos fundamentales del arte pictórico: el impresionismo y el Romanticismo. En ellos «toda la belleza que existe, / la infinita, la increíble, / la extraordinaria / belleza del mundo». Pese a este canto optimista, se entrelaza una de las imágenes de estirpe barroca, la ceniza,  en poemas como El poder de la ceniza y Bendición de la ceniza. Y, por último, las composiciones (metapoéticas) que tratan de ahondar en el sentido de la propia creación poética, entre las cuales figuran «Como un albañil», «En mitad de la noche», «Si no es para comprender» o «La poesía no es literatura». «La fantasía es / tu salvoconducto a la eternidad», dice Isabel Marina. Ahora comprendemos que los versos que sangraron tienen la capacidad de sanarnos.

Un árbol que tiembla trata así de la muerte y de la vida, o mejor dicho, de más allá de la muerte y de la vida. La nostalgia y el dolor, al cabo, están sublimados por el lenguaje, en versos plagados de referencias y sugerencias culturales. «Quién sabe, puede que la vida sea la muerte, y la muerte, la vida», Eurípides dixit.

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Pero el viajero que huye

Una reseña sobre Evershot, de Jesús Elorriaga

Por Antonio M. Figueras

Troppo tardi, Jesús. Como una excusa de canción italiana. Ahora me pongo con ello. Se me ha ido de las manos el tiempo. En ese difuso momento y espacio en que 2022 se acerca a los últimos estertores y a 2023 se le anima con cachetadas en las nalgas, tengo que contar qué me parece Evershot.

Evershot, aparte del título de una novela, es una pequeña localidad de la campiña inglesa, en el condado de Dorset. Allí la vida pasa de forma tranquila. Y lo que se convierte en más importante: parece un lugar ideal para esconderse del pasado, para darle lustre a una segunda oportunidad. Entre las personas que trabajan en el hotel se encuentran un exterrorista del GRAPO (el prefijo -ex no encaja bien con una serie de sustantivos, porque un terrorista, como un dictador, quizá no deje nunca de serlo), una estudiante francesa hasta el moño de sus días y un enano que participaba en combates clandestinos organizados por la mafia (no se suele decir, pero mafia hay en cualquier lugar, incluso en cualquier casa).

“Nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres”. Así finiquita Quevedo su Historia de la vida del Buscón. Pues Evershot sugiere (o no) que, aunque se pretenda mudar de piel, las hazañas del pasado siempre le persiguen a uno. No hay paz para los malditos. Y claro, los días de antaño terminan estallando en la cara.

El ayer y el hoy se cruzan en esta novela, alimentan su argumento desde dos ciudades claramente opuestas, Madrid y Evershot, con técnicas narrativas y puntos de vista distintos, con ritmos antagónicos (crispado, como derrapando, y tranquilo, demasiado tranquilo).

La vida pasa despacio en Evershot y en su hotel. Solo las anécdotas y las confidencias pueden alterar un algo la monotonía. El establecimiento turístico es lugar de paso para viajeros y empleados, porque nada se mantiene como definitivo. La segunda oportunidad era el título de un programa de TVE sobre seguridad vial presentado por Paco Costas en los años setenta. De eso trata Evershot, de segundas oportunidades. Aunque aquí, el accidente sí se produjo. Lo que se busca es limitar sus consecuencias. La novela, editada por Amazon, se acompaña de una banda sonora que fija el contexto personal de Carlos, su protagonista. ¿El pasado siempre vuelve? ¿Podemos enderezar los renglones torcidos de nuestra existencia? Lean, lean esta novela, y que cada uno saque sus propias conclusiones. Si es que pueden hacerlo antes de que alguien ajuste cuentas pretéritas. El autor, Jesús Elorriaga (Madrid, 1977), es periodista, cineasta y músico.

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QUÉ BARBARIDAD

Una reseña sobre Al encuentro de no sabemos qué cosa de Santiago Úbeda Cuadrado

Por Hildeberto de Bingen

¿Cómo pudimos recopilar información, reservar hoteles, encargar unas pizzas, la vida, vamos… sin internet? Me ha venido a la cabeza un dicho sobre el tamaño (que importa más de lo que dicen los damnificados/as), “Vela larga o vela corta: lo importante es que alumbre”. No tuve suerte. Ya no sé mirar o mi memoria se corrompe como la salud del planeta y me invento los recuerdos. Viene esta reflexión (o lo que sea) a la naturaleza de algunos extensos poemas del último libro de Santiago Úbeda Cuadrado, Al encuentro de no sabemos qué cosa, segunda obra (odio la palabra poemario) tras su opera prima El rey desnudo.

Navega el autor en largos poemas-río, narrativos, épicos, sugerentes, aunque no abandona el lirismo asociado de manera común a lo poético. Pero está en los submundos de algún verso, bajo la piel del rey en pelotas, en la inconsciente persecución de algo que no sabemos qué es ni dónde está. Un camino a ninguna parte, la vida otra vez, vamos.

El poeta ha decidido comenzar con una pieza titulada Road Poem. Qué gran poema. He visto poetas de menos fuste llegar a la Final Four del Premio Nacional de Poesía (parafraseando con mucha licencia al replicante de las naves más allá de Orión de la película buena de Blade Runner, la primera). Una prueba: Dije que iba dentro de un autobús rumbo a Barcelona. / Dentro de un sueño por la A-2 o autovía del nordeste. / El paisaje se sucede al otro lado de la ventanilla. / Como en un sueño. Un sueño dentro de un sueño. / Pero también está la Eternidad. Del otro lado. / Del otro lado del sueño unos paneles de plástico / transparente aíslan a los bloques de la autovía. Pero hay que leerlo entero para calibrar su categoría, su grandeza.

Mejor que Ginsberg. Mucho mejor que Kerouac. Que aprendan a escribir los seguidores de Bukowski que pululan por las letras hispanas. Con meter dos pollas y tres borracheras ya piensan que han escrito un poema. Úbeda parece de otro planeta frente a la vulgaridad de tanta clase media baja entre los que se autodenominan poetas en redes sociales y que nos atorran con sus malos versos (perversión que se ha agigantado en tiempos del COVID-19, o la COVID, o como se diga).

Brutal también el poema Día de baja laboral, que abre con una cita de Oliverio Girondo, toda una declaración de intenciones. Un aperitivo: Tumbados en la cubierta el sol balancea el agua vuestros cuerpos. / El tiempo que es se detiene y también el que no es: ninguno. / Y en el último giro del horizonte antes de caer, una voz. / Van Morrison se desgañita: su voz orgásmica canta Brown eyed Girl.

Traigo aquí una pequeña parte de otro poema digno de mención, El desterrado: buenas noches / les presento al desterrado / hoy / jueves 10 de diciembre de 2015, a las doce en punto del mediodía / en mitad de un frenético inventario de material quirúrgico / el desterrado está siendo invadido por la punzante nostalgia / de la vida que tuvo cuando vivía en su lugar de nacimiento.

Existen dos maneras de reseñar una obra: la crítica, sesuda, filológica, histórica o filosófica. La de los que saben. Y luego la otra, chispeante como una bebida de cola. Diversión, la de los que no sabemos tanto. Mis limitados conocimientos me dan para relatar que el libro está estructurado en cuatro partes: En algún lugar del camino (con ecos de Dante, Machado o Cavafis), Encuentros (Y desencuentros), que a mí me recuerda a Spielberg y las fases de contactos con alienígenas, Trascendencias (o cómo mira las cosas el poeta) y Algunas conclusiones.

Con prólogo de Ramiro Guardia, Al encuentro de no sabemos qué cosa presenta un dominio de los recursos retóricos junto al desarrollo de conceptos como la gravedad de la vida (no la de Newton). Humor, ironía, desconcierto, un golpe a la conciencia y al corazón. Poesía de verdad.

Pido disculpas, querido lector, por las interrupciones o digresiones en el texto. Yo realmente he venido a hablar de su libro, de Al encuentro de no sabemos qué cosa, pero un leve y particular déficit de atención (tiendo a la dispersión, qué le voy a hacer) me lleva a perderme en mil batallas.

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Nadie muere siempre

Una reseña de Equilibrios, de Antonio Reseco

Por Antonio M. Figueras

Desconfía, querido lector, de aquellas reseñas o críticas (no es lo mismo, aunque lo parece) que enumeran bibliografía y cargos. Con Antonio Reseco hay que pararse para analizar con honestidad su propuesta poética. Y no perderse, porque la debida atención es el único camino para encontrarse con calles, besos y memoria que no aparecen a primera vista.

Equilibrios (2021, El Sastre de Apollinaire) es un libro de poemas (odio la palabra poemario) sobre la memoria. Y es que el olvido, y sobre todo los poetas, se empeñan en llevarle la contraria a Luis Cernuda. El olvido se ha convertido en un fantasma que no consigue aparecerse a nadie. No habita mansiones ni cerebros. Salvo en patologías graves y desoladoras, allí están los recuerdos (aunque no los convoques) para señalarte que tal vez casi nada fue bonito mientras duró.

Ante la persistencia de la memoria caben dos respuestas. Hundirse en las propias lágrimas y escribir los versos más tristes durante 19 noches y 500 días. O darle a tu mente, alegría, Macarena y reírse hasta de Janeiro: “Cada vez que pinchan esa canción / y tú no estás (es decir, casi siempre, / para qué engañarnos) desearía / canjear mi vida por la del músico / y, como una fórmula de vendetta / literaria, fuese él quien escuchara / hasta el último compás del conjuro / y sufriese sin remedio, qué coño”. Así resuelve el autor la nostalgia cercana en el poema Justicia poética.

Reseco no parece hombre de excesos. Su actitud ante el pasado que vuelve es la de un caballero que se bate en duelo, armado de ironía y cierto estoicismo. La serena actitud ante la muerte llama la atención en un gremio acostumbrado a declamar, una y otra vez, que tempus fugit. Reseco escribe sobre ese destino mineral que a todos aguarda. Sin excesivos lamentos. Como en el poema Perfecto: “Así está bien. Una vida / larga que pasará / como escena de teatro. / La amabilidad que sigue / a cada pequeña batalla. / Nada más, nada menos… / Y la muerte, que sea leve / y no se repita”. Sentido del humor frente a horror vacui. Como Gil de Biedma, pero un poco más cachondo.

Los poetas cantan al amor desde antes de que hubiera poesía. Quizá la literatura y todas las artes solo sean un paseo por el amor y la muerte. La pérdida resulta más lírica, el deseo a veces parece un calentón y la consumación pudiera ser un presente continuo.

En Equilibrios se recuerda, como el alma dormida, esas historias que fueron: “Mi hogar es un libro sin páginas. / La sombra de un árbol, todas la mujeres / que me abandonaron…”. O que son, porque el hogar también “Eres tú cuando andas descalza por la alfombra / o abres la puerta de regreso del trabajo…”. Y sin sentimentalismos banales, muy alejado de esta tendencia que no cesa: la llorería.

Por alusiones. Sus referencias literarias (Poe, Wilde, Shakespeare, Borges o Kipling) muestran además un gusto exquisito por la poesía. Poeta y también cronista, de sus ríos interiores y de la ciudad, como en Pongamos que hablo de Madrid: “He vuelto a disfrutar cada leyenda, / he usurpado el arte de las intersecciones / y la belleza de las muchachas / que bostezan en el transporte público / mientras todo es indiferente alrededor…” o A rumbo fijo: “…Memorizo la luz de los espacios abiertos, / el enfermo catálogo del callejero, / las viviendas en cascada que dibujan / hormigueros donde respira el hombre / y cree sentirse a salvo de todo acecho…”.

Que su poesía no sea críptica o hermética (hay quien piensa que si algo no se entiende es más poético) no le priva, ni mucho menos, de una hondura que desconcierta por la amplitud de matices. El lenguaje es preciso. Belleza y comunicación, emoción subterránea con las palabras justas. Y eso requiere dominio de la técnica. Como muestra, el poema Derivaciones: “Cuando ya vencido / por la fatiga de la jornada /decides pasar página / y buscar el descanso necesario, / nunca recuerdas / que hubo un día previo / que albergó otra derrota / y otro, quizá este / donde supiste olvidarla”.

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Un homenaje a la vida

Una reseña sobre Herencia, de Salvador Gómez Valdés

Por Antonio M. Figueras

“Para Luis, en primer lugar, para Marian, / para mi madre y hermanos, para todos./ En memoria de mi padre”. La dedicatoria que abre el libro de Salvador Gómez Valdés hace justicia poética al título y dibuja los contornos de una geografía sentimental, la de la familia, que va a dar sentido a esta obra. Realmente a todas las obras, incluso las de aquellos que no llegan a percibirlo con nitidez.

La poesía es una casa de citas. Las alusiones literarias o cinematográficas o pictóricas retratan a algunos autores, unas veces por su conocimiento superficial de la cultura, otras por su pedantería. Pero Salvador Gómez Valdés tiene hechuras de hombre sabio y templado y prudente. Si elige citar a Jorge Manrique: “(…) abiue el seso e despierte / contemplando (…)” es porque Herencia (La Fea Burguesía, 2022) lleva de manera explícita un homenaje al padre que ya no está, un tributo a los antepasados digno de elogio.

Recuerda Herencia a la Antología de Spoon River (1915), de Edgar Lee Masters, una de las obras más vendidas de la poesía estadounidense. Spoon River, una ciudad que no existe en los mapas, alberga un cementerio muy especial, con unos muertos que relatan sus vidas. Gómez Valdés rescata esta técnica para poner voz, de nuevo, al padre ausente, que se dirige a su familia, un hombre que se despide, que da consejos, aunque también expresa que le hubiera gustado permanecer un poco más junto a los suyos, como en el poema Mantente alerta: “Sentir más veces el frío en el cuerpo / al levantarme, abrigarme un poco, / tomar un café caliente y mojar en él / un buen trozo de torta de aceite / todavía tibia del horno, con almendras y matalauva”.

El juego de voces que utiliza el poeta transita entre los que se han ido y los que permanecen, porque también da paso a otros miembros de la familia, afortunadamente junto a él, como su madre, en Habla mamaíta Marín: “…Y ahora todos se han olvidado ya de él / y soy la única que lo echa de menos / en esta obscuridad inacabable de los días / con las horas detenidas / y sin aliciente, / que no pasan nunca / y no van a ninguna parte…”. El autor toma también la palabra para dirigirse a sus hermanos, a sí mismo, a su mujer y a su hijo.

Los versos que tienen como destinatario al descendiente se antojan una especie de Epístola moral a Fabio, obra de Andrés Fernández de Andrada (siglo XVII), pero invertida. Porque los consejos que aquí se dejan no son para corregir una actitud desenfocada. Al contrario, de lo que se trata es de apuntalar una arquitectura vital bien encaminada, una guía práctica para ser una buena persona. Asuntos como la envidia o el concepto de España transitan por las páginas, como las aficiones comunes. En Películas, historias se dice “… ¿No te resulta siempre abrazable Kate, siempre / inteligente, haga el personaje que haga…”. La actriz Kate Winslett forma parte de un catálogo de mitos personales del autor, que recorren la memoria de sus días con elegancia.

Salvador Gómez Valdés afronta como poeta la realidad que le circunda. Evita el escapismo y da testimonio de lo que ocurre. No lo hace porque sea periodista. En su caso obedece al canon artístico de los que tienen el hombre su principal fuente de inspiración. En tiempos de pandemia le vale para avisar: “…Estamos aprendiendo mientras tanto que sirve / para poco tanta prisa si luego todo se detiene…”. Y para defenderse de ese odio cerril (yo me atrevo a decir criminal) que solo pensaba en que cayera el Gobierno cuando miles de muertos por coronavirus abarrotaban los tanatorios escribe: “…Y así sigue la monótona, terrible monserga / de la España que Jorge Guillén rimó con patraña…”.

Estamos ante un poeta comedido, culto, que maneja el lenguaje con maestría, al que le gusta contar, desde dentro de su ser, sus emociones y la de los suyos, rendir homenaje a su familia y a la familia de todos, la humanidad.

Madrid, julio de 2022

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Nos estrenamos con esta reseña del libro HERENCIA, de Salvador Gómez Valdés, publicado por LA FEA BURGUESÍA y escrita por Antonio M. Figueras.