Por Miguel Munárriz

Estamos ante una entrega lírica de amor al padre. En nuestra historia literaria no existen demasiados testimonios, al menos no tan marcados como el que preside nuestra tradición con el inmenso Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique.
A mediados del siglo XX aparecen algunos poemas sueltos, o recogidos en libros colectivos, como el reciente volumen de Enrique García-Máiquez, Tu sangre en mis venas, antología de poemas al padre, en el que entre otros poetas incluye a Ricardo Labra y su libro Hernán Cortés nº 10, que Labra escribió como un largo poema en diecisiete fragmentos tras la muerte del padre.
Entre los poemas publicados con este tema destaca el de Alfonso Costafreda, un clásico a la hora de recordar los doloridos versos que un tema como este provoca. Se trata de “Ha muerto mi padre”, en el que el poeta leridano insiste en preguntarle a su progenitor si ha encontrado al fin la paz que merecía y si encontró cobijo, o por el contrario va errante aún y sufre “bajo el frío del invierno más grande, del total desamor”.
Javier García Cellino siente, ya desde el título, el frío como elemento vertebrador de la ausencia, este “frío huérfano” que le dedica a su padre, Jesús, sobre el que añade, “que lloraba siempre el frío de los mendigos”, en una clara alusión a la bondad innata que emanaba su figura.
Para abrir su libro, el poeta recoge la siguiente cita de la novela de Rulfo, Pedro Páramo: “¿Qué se siente cuando se muere? Se siente frío, un frío intenso”, frase que engarzo con estos tres versos del libro de Cellino: “encender la lumbre / y guardar el frío / debajo de la almohada”. Siempre el frío, casi todos los autores aluden al frío como elemento terrible en el que vivir la muerte del otro.
El protagonista de este libro, Jesús García, es el padre llorado y añorado, amado y respetado, admirado y recordado siempre, que es para el autor de Un frío huérfano, un referente moral que,a pesar del paso del tiempo, o quizá precisamente por eso, ha ido creciendo en su consideración. Una persona cabal cuya vida moldeó bajo la premisa del sentido común y, por encima de todo, con una exquisita educación en el trato con los demás. No le fue fácil llegar hasta ahí; su pasado juvenil y su presente en la madurez trascurrieron en momentos muy diferentes, radicalmente opuestos en lo político, que Jesús García salvó durante toda su vida con la creencia, a pesar de todo, en el ser humano, instalado en la esperanza de un mundo mejor que solo los más grandes saben compartir.
Javier García le escribe a Jesús García esta carta como una deuda de amor, como un agradecimiento por haber vivido a su lado y haber aprendido tantas cosas de él. El autor lo ha ido soñando a lo largo de los años y ponerlo en negro sobre blanco ha tenido que ser un ejercicio de introspección doloroso, aunque necesario para ofrecer a su padre este homenaje tantas veces pensado. Son, como escribe Cellino, “días de ayer para seguir viviendo”, que al fin y al cabo no son otra cosa que “juegos para aplazar la muerte”, en palabras de Juan Luis Panero, una distancia que ha tomado el autor para enfrentarse con el pasado.
La lectura de este libro me ha hecho quedarme en esa esencia melancólica que transpira el poemario, y aunque el poeta haya preferido tomar cierta distancia en algunos de los poemas, hay en todo el libro una sentida respiración por la ausencia.
Javier García Cellino recurre a la fuerza de las palabras para elaborar su discurso, pero no solo en el sentido de saber que las cosas existen cuando se nombran, sino, como él dice, más primigenio aún, expresando que “solo existen las palabras / cuando las nombramos”. Y en ese deseo de existir al nombrarnos, de que sean las palabras las que nos conforman, el poeta, en el primer poema, se pone frente a su padre para tranquilizarle, o tal vez se lo esté diciendo a él mismo como una letanía que le ayude a sobrellevar la pena de la orfandad:
“No temas / llegaremos a tiempo / de entrar en la casa / doblar la ropa / encender la lumbre / y guardar el frío / debajo de la almohada”.
O uno de los poemas de la tercera parte del poemario, “Detrás de la oscuridad”, y que en su mitad final recurre a una dramática exclamación porque no llega a saber qué ha pasado, por qué las cosas ocurren como ocurren sin que podamos penetrar en su misterio:
“Quién diría que el mundo /explotó a mi lado / ¡y yo sin descifrar aún/ese misterio último de las cosas!”
André Breton escribe sobre La vida inmediata, de Paul Eluard, el siguiente fragmento que, para terminar, traslado al libro de Javier García Cellino:
«por las palabras que reúne, en el orden que las reúne, me reprocharía yo, su amigo, no celebrar en él, únicamente y sin medida, los amplios, singulares, bruscos, profundos, espléndidos, desgarradores, movimientos del corazón».
MIGUEL MUNÁRRIZ es escritor y editor
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