«Le mot juste».
Por Didier Armas.
Un cúmulo de médanos, el rugido de la brisa por la aurora, las espejuelas que el sol deja en las superficies, una superposición de arenas: Mazatlán, Waikiki, Cleopha Island, Zipolite, de las islas con el corazón fugitivo y bramante de las olas. Una contemplación superpuesta de riberas y playas, eso nos brinda el poemario País natal de Samir Delgado (Canarias, 1978), editado por El Sastre de Apollinaire.
El poeta canario, residente en México, posee instinto para el fraseo poético, ya sea en verso o prosa, le gusta paladear la palabra precisa, para cada panorámica que pincela en sus poemas, desde “bullen jeroglíficos guaicuras,/ abecedarios de lo ínfimo, acaso escarapelas fortuitas que se desvanecen/ en el instante…”, hasta “eres el chambelán que limpia espumarajos de la alifara costeña”.
Vislumbro en Delgado la enseñanza de Flaubert, Le mot juste, la palabra exacta, la importancia de zambullirse en el diccionario para dar con la palabra precisa, esto para contar con un matiz de significado, pero el poemario País natal no se sustenta solo en la descripción, sino que la usa para crear un efecto musical, además de fondear en las semánticas. Por ejemplo, tenemos estos versos de índole mística: “Has puesto la palma de la mano/ abierta en la playa, algo así como saludar/ por primera vez al infinito”, de esa sencillez y profundidad que el lector agradece. Destellos así podemos encontrar en este libro.

Otro efecto que me causó la lectura de País natal fue la superposición de paisajes que van forjando un solo mar que es muchos, un efecto de amalgama. Todo el jolgorio de soles que lamen el arenal crea una memoria colectiva de este sentir antiquísimo que es la orilla del mar; las horas magnánimas que el ojo puede naufragar en la tromba del mar. Quizá por eso el título, quizá porque detrás de toda playa, está algo primigenio en el humano, el origen, ese de donde proceden las especies, el mar “la misma lluvia sumada de veinte siglos/ sobre un pedernal”.
Quieran las eras que la música más antigua de este mundo siga murmurándonos. Samir Delgado es un poeta que se escapa de los formulismos de la imagen común, con un recurso humilde pero sabio, la honestidad visual: “El jardín con gatos de la casa de la playa”; “El cuerpo yacente de una mantarraya en los peldaños del arenal luminoso”; “tiras de azul dipolo de seda, mientras Lord Rayleigh entrega las llaves que custodian la pleamar”. Es la transparencia del poeta, la que siempre será inconclusa en los anales estéticos, porque hay un sinfín de versos que son atravesados por la experiencia del instante, y aunque en ocasiones sintamos en el pecho el estallido de una universalidad, el camino para llegar a ella fue el propio.
El poemario País natal es la restauración de un tiempo que quiera la dicha nunca se vuelva arena en las manos, esa playa, ese mar, al que siempre nos vemos tentados a volver, ya sea por un instinto lúdico, trascendental o existencial, a “las olas que claman eternidad”.
Didier Armas es poeta
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