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Donde siempre es de día, de Isabel Marina

(Texto de la presentación en el Centro Asturiano, Madrid 11-5-24)

Por José Cereijo

“La melancolía… es el origen de la poesía”, leemos en la página 46 de este libro. Es una versión, al menos aparentemente, pesimista de las palabras de Bécquer en la segunda de sus “Cartas literarias a una mujer”: “Todo el mundo siente. Sólo a algunos seres les es dado el guardar como un tesoro la memoria viva de lo que han sentido. Yo creo que éstos son los poetas. Es más: creo que únicamente por esto lo son”. Es, también, otra forma de decir lo que dice Machado: “Se canta lo que se pierde”.

He dicho, de todas formas, que ese pesimismo es sólo aparente. En la página 40, Isabel Marina ya había dicho que “Me creo en cada página”. La poesía, pues, no sería únicamente una forma de evitar que se pierda aquello que hemos vivido, que hemos sentido, sino también, y quizás ante todo, una forma de vivir en plenitud, de hacer que la vida sea realmente eso, vida, y no mera supervivencia, transcurso (y desgaste) del tiempo. Aquí podríamos recordar igualmente las palabras de Proust, que es cierto que titula su ciclo novelístico hablando del “tiempo perdido”, pero que también, en él, dice esto: “La verdadera vida, la vida al fin descubierta y dilucidada, la única, por lo tanto, realmente vivida es la literatura”.

Yo creo que este libro que hoy presentamos está instalado en esa tensión entre lucidez y melancolía; es más, creo que, de algún modo, vive de ella, que ése es su centro, su significado más hondo. Una y otra vez nos encontramos en él con esa constatación de lo pasajero, de lo fugaz; así, por ejemplo, en la página 38 se dice: “Divago por calles interiores… donde todo es un punto de fuga, una continua desaparición”: pero justamente en la página de al lado, la 39, consta que “Escribo para adivinarme”.  Un proceso continuo, por tanto, no sólo de pérdida sino de descubrimiento, de revelación, que nunca cesa, que, en todo caso, sólo cesará con la muerte, y quizá ni aun entonces, como veremos. “¿A quién habré de despedir / cuando llegue la hora?”. Es, pienso, a esa luz a la que está escrito (y sentido, y pensado) este libro, que no me parece casual que se titule “Donde siempre es de día”; título que, como se ve, parece tener menos que ver con la pérdida que con la iluminación, con la “verdadera vida” proustiana.

Proceso que no es sólo gobernado por el afán de conocimiento, que no es meramente una cuestión de inteligencia, sino de supervivencia, porque “Lo que existió desaparece / y hasta la memoria duda. / La verdad se convierte en mentira / inexorablemente. // Todo nos engaña”. Por eso hablaba antes de “tensión”: una lucha no sólo por recobrar lo que vamos perdiendo, ni siquiera sólo por aclararlo, sino por evitar que se falsifique, que “nos engañe”; para alcanzar, pues, esa “vida realmente vivida”, no sólo es necesaria la “dilucidación”, sino la alerta continua, la vigilancia, el estar perpetuamente despiertos, como quería John Donne: “nadie duerme en la carreta que lo conduce de la cárcel al patíbulo, y sin embargo todos dormimos desde la matriz hasta la sepultura, o no estamos enteramente despiertos”. Y por eso es ahí, pienso, en ese lugar difícil, tenso, pero lúcido y abierto, donde trata de instalarse esta voz, “donde siempre es de día”.

Vivir en la ignorancia de la que hablaba Donne es fácil: todos lo hacemos. No, en cambio, hacerlo en el conocimiento, en la atención, en la disposición, en la sinceridad con uno mismo, como la “amante” de la página 95. Decía Jaime Gil de Biedma: “Hacer buenos poemas no es fácil, pero algunos lo consiguen; hacerlos y no engañarse con ellos, ni engañar al lector, sólo lo consiguen poquísimos”. A ese logro difícil es, me parece, a lo que finalmente aspira este libro; y no, o no sólo, como antes decía, por un prurito de lucidez, de conocimiento, de “hacerlo bien”, sino porque a su autora le resulta necesario, más aún, imprescindible, aspirar al menos a él, porque sólo de ese modo le parece posible vivir, vivir de veras; porque incluso el arte, del que se ocupa repetidamente en la tercera parte de las cuatro que tiene el libro (sobre todo de la música: Bach, Hildegard von Bingen, Vikingur Ólafsson; pero no sólo de ella: Giacometti, De Chirico…), si de algún modo puede “salvarnos” es “con su verdad”.

Y ahí, cuando nos estamos jugando realmente la vida, la vida verdadera, no caben transacciones: sólo a través de ella, de la verdad, es posible hacer frente de algún modo a la “sed infinita” que nos consume, a los “otros cauces” por los que “transita” “lo que de verdad es”. Porque “con las palabras / ya no estás tan solo”, y porque por ellas, por esas “pocas palabras verdaderas” a que aspiraba Machado es posible acceder a ese lugar “a donde no llega la muerte”, ese lugar desde el que “Scriabin llena mi cuarto. / Sigue estando tan vivo, él, / que tenía pánico a morir”; ese lugar, en fin, “donde Scriabin y mi madre / nunca morirán”. Ahí, a ese lugar, a esa luz, es a donde aspira, pienso, a llegar este libro. Donde siempre es de día.

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Melancolía

Una reseña sobre Un árbol que tiembla, de Isabel Marina, publicada en el número 8 de la revista Ítaca

Por Jesús Cárdenas

El motivo de la muerte sigue siendo entre muchos un tabú, como si al no pronunciarse, el final se pudiese evitar. En nuestra mejor tradición literaria es un lugar común. Heredado de la poesía griega y constante a lo largo de la Edad Media, entra a formar parte en la lírica barroca debido al pesimismo que asolaba las ciudades a lo largo de varios decenios del XVII, y termina por convertirse en uno de los asuntos, junto con el amor, más tratados por los poetas románticos –especialmente los ingleses. Quedémonos con dos de las posturas románticas: la muerte como fuerza arrebatadora e irremediable (herencia clásica del tempus fugit), y como consecuencia de la misma, el dolor que engendra la ausencia en los presentes (herencia de las Coplas manriqueñas). Ambas actitudes se combinan, ejemplarmente, en la más reciente entrega lírica de Isabel Marina, Un árbol que tiembla (El Sastre de Apollinaire).

Un árbol que tiemblaes deudor solo en una parte de las publicaciones anteriores, Acero en los Labios y Un piano entre la nieve. En esta tercera,la poeta avilesina nos lleva al entendimiento y aceptación del fin de los días, y con tono melancólico contempla reflexionando las etapas que ha dejado: infancia, adolescencia y juventud. Con todo, el que ahora se presenta mantiene algunas peculiaridades del discurso propio de Marina: la interiorización y la trascendencia de la expresión existencial. Al cabo, poesía de tendencia existencialista.

En más de sesenta poemas repartidos en tres secciones: «Malinconia», la más breve, homenaje a los ausentes, empleando la memoria y la contención sutil en versos entrecortados; «Fragile», la central y más extensa, la aceptación de nuestro destino no evita la emoción y que se cuelen varios referentes geográficos y musicales, símbolos de la belleza; y «Bloom», la conclusión, la posteridad y lo metapoético se funden. En sus páginas Marina conjuga poemas breves y ágiles junto con poemas más distendidos y poemas en prosa.

A diferencia del sentimiento tormentoso que resulta la vida para los escritores románticos, y en contraste, al entendimiento de los poetas griegos como una angustia; para Isabel Marina es motivo de agradecimiento y reflexión, con momentos espléndidos de belleza, amor y poesía, que compartimos con los demás y, por supuesto, con los lectores. El libro contiene, además, jugosas ilustraciones de Federico Granell y un prólogo de Ángeles Carbajal.

Buscando el sentido del título del libro, leemos en la conclusión del primer poema, que resulta tan bello: «Miro mi mano: / sus huesos son / un árbol iluminado, / un árbol que tiembla». En estos poemas presentimos la fragilidad de nuestra existencia, nuestro ciclo vital. Y la metáfora de que la poeta es un árbol. Posteriormente, los poemas transmiten una honda sensación de verdad en los recuerdos del padre, de la madre y de la casa. «Frente al mar» es un poema magnífico, fruto también de la herencia clásica, y es también un poema clave para el conjunto. El sujeto siente la necesidad de definir el mar y las olas, que arrastran los recuerdos hasta convertirse en «prados melancólicos». El tránsito se muestra como una corriente ininterrumpida («este viaje sin paradas») y que apunta al deterioro («donde se presiente / el final de la casa en ruinas»). Poesía de la memoria y metafísica, también.

En la sección central, tal vez, se hallen los mejores poemas del libro. Pese a un recorrido por distintos puntos geográficos (Venecia, Estambul, Biarritz, Asturias), por la poesía de fondo junto con la hermana de la poesía, la música (John Field), donde el sujeto rememora la belleza, se presenta la idea de que la existencia es demasiado finita como para andar perdiendo el tiempo, de ahí que nos colmen estos poemas, como si fuesen, en realidad, pasadizos por los túneles de la memoria, volviendo a revivir momentos placenteros. Así, asombra la condición para disfrutar plenamente de la capacidad del hombre por realizar obras que traspasen el tiempo. Ocurre en el delicioso «Un parque en Estocolmo»: «Son parques de gente melancólica, / de lectores de poesía silenciosos»; y si observan una escultura quedan impresionados «demostrando que existe una belleza / capaz de trascenderlo todo». El poema «Travesía» enlaza con la sección anterior, por lo que ayuda en la cohesión del conjunto. La fugacidad es conducida por el subterráneo y sale a la luz de un modo casi coloquial, siempre cercanísimo: «Es tan breve la luz que nos ilumina, / que un borracho canta para ella / en el callejón que hoy es su hogar».

En la última sección, los poemas cantan a la libertad, al hecho de existir, de estar hic et nunc. Una joyita es este momento climático del poema «Canta Jessye Norman»: «Escuchando a Jessye Norman / me figuro que soy libre, / que puedo alzar el vuelo, / que puedo conocer a Dios». Aun así, el arte seguirá acompañando, reforzando y sirviendo de refugio, como lo hace, nuestras vidas. Así, es recreado Monet o Friedrich; o, lo que es lo mismo, aludidos dos movimientos fundamentales del arte pictórico: el impresionismo y el Romanticismo. En ellos «toda la belleza que existe, / la infinita, la increíble, / la extraordinaria / belleza del mundo». Pese a este canto optimista, se entrelaza una de las imágenes de estirpe barroca, la ceniza,  en poemas como El poder de la ceniza y Bendición de la ceniza. Y, por último, las composiciones (metapoéticas) que tratan de ahondar en el sentido de la propia creación poética, entre las cuales figuran «Como un albañil», «En mitad de la noche», «Si no es para comprender» o «La poesía no es literatura». «La fantasía es / tu salvoconducto a la eternidad», dice Isabel Marina. Ahora comprendemos que los versos que sangraron tienen la capacidad de sanarnos.

Un árbol que tiembla trata así de la muerte y de la vida, o mejor dicho, de más allá de la muerte y de la vida. La nostalgia y el dolor, al cabo, están sublimados por el lenguaje, en versos plagados de referencias y sugerencias culturales. «Quién sabe, puede que la vida sea la muerte, y la muerte, la vida», Eurípides dixit.