Tiempo salvado del tiempo

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Manuel Rico

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Descripción

TIEMPO SALVADO DEL TIEMPO
(Antología 1980-2018)
Manuel Rico
Prólogo de Fanny Rubio
Epílogo del propio autor
Madrid, septiembre de 2020
Colección Poesía, nº 45
130 páginas, 14 x 21 cm.
Rústica con solapas
ISBN: 978-84-121590-5-9
Precio: 14 euros (IVA incluido)

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EL LIBRO:

(del Prólogo)

El sujeto que nos susurra ante cada una de las escenas de estos poemas de «Tiempo salvado del tiempo», de Manuel Rico, lo hace a través de la confidencia amigable, cercana, compasiva, sin dejar de ser crítica. Los poemas seleccionados por él arrancan con un paseo de padre e hijo a llevar unos claveles rojos al cementerio civil de Madrid: «Tal vez por ello, / cada uno de mayo / como si celebrara el mes de los claveles / o el resurgir de la naturaleza, / mi padre me llevaba con él al homenaje / a la boca cerrada, al silencio de niebla / de un cementerio civil que quizá fuera / lugar de libertad casi exclusivo / en aquel tiempo.»

El lector sale del poema con un conocimiento (emocional, visual, histórico) superior al que lo aproximó a esos versos. Versos que no solo describen, sino que traen hasta el oído del lector un nuevo sujeto lírico lleno de posibilidades que recogen el tiempo en el espacio urbano de la revivencia en el mundo de la memoria del pasado, eco suave de los poemas últimos de Juan Ramón Jiménez: «infancia, niño vuelvo a ser y soy perdido como ayer en lo más grande».

FANNY RUBIO

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POEMAS:

OTOÑO EN RIAZA

En la fotografía se prolonga el otoño
de Riaza en el noventa y nueve: recortadas
sus siluetas contra robles y fresnos,
los amigos de entonces me contemplan.

Sus rostros me devuelven
noticias de aquel día, dibujadas
sobre el silencio de los campos
de aquel domingo frío, en los grabados
de Aleja, en el trazo
nacido en el azufre de un Chile de bosque y altiplano.

Paca ríe a la luz: sabe mucho
de ciudades de sombra y de postguerra. Toma del brazo
a Diego, que posa junto a Mestre y nos mira abstraído. A su lado,
Juanvi —para mí un desconocido hasta aquel día—
contempla el horizonte, sonríe al infinito o al futuro.

Es la imagen
de la vida que ignoraba la muerte,
es el tiempo todavía abarcable,
es la risa apenas agrietada, sin heridas aún
y sin ausencias.

Ellos, los que sonríen conmigo, recorrieron
las calles del corazón, avivaron la piedra
de las viejas ciudades donde, a veces, la gente
escucha a los poetas, comparte vino,
desdibuja domingos y restaura fragmentos de conciencia.

Vino después el frío. El hueco anunciador de lo precario
cuando Diego, cuando Félix, cuando…

Pero fuimos felices y hoy nos salva
esa imagen a cuatro, esa brizna de tiempo
de un otoño en Riaza, iluminado
de amarillos y ocres y pupilas sin sombra.

*

DE PASO

Llegar a las ciudades
cuando nadie te espera:
un día antes, tal vez algunas horas
de la presentación o la lectura,
quizá de un curso de relato o de poesía.

Ser en ellas ausencia o extrañeza, anonimato
puro: tomar café de incógnito
junto a un ventanal que da al paseo
o en cualquier velador mirando al mar
mientras cruzan la calle anécdotas en fuga,
señales de otras vidas, tentaciones
para tu condición de forastero.

Mujeres que te observan sin saberte,
viejos que siempre acuden
a algún lugar cercano donde venden pan y compañía,
niños que te contemplan en silencio.

Viejas urbes con mar o con gaviotas.
Con paseos extensos que sombrean
hayas centenarias y robles quebradizos,
escaparates, plazas apacibles o callejas
sombrías y asustadas que dan a catedrales
o a parques junto al río.

Existir sin que nadie lo sepa,
en el espacio vacío que entre viaje y lectura
carece de nombre, de lugar en el tiempo de los otros, solo
vive en tu tiempo
o en el de un camarero que comienza a olvidarte.