El exquisito canto de amor de un economista
Por Enrique Villagrasa

Ángel Serrano (Madrid, 1965), un exquisito canto de amor, es recordar aquella certeza de Horacio: «No porque el hombre salga de su casa sale de sí mismo». Serrano dice: «Salir de la casa no es salir de uno / me repetía en Besarabia, / nunca te desprendes de lo tuyo, / pensaba en lo abierto, / tendrás la palidez interna siempre, / rezaba en las lagunas de sal» (p. 21). Por cierto, Besarabia, una tierra dulce y hermosa…, hoy República de Moldavia, tuvo durante siglos una influyente comunidad judía, la cual sufrió́ innumerables persecuciones y matanzas… Y el poeta se hace eco del peregrinar y estancia en la diáspora del pueblo judío por antonomasia, que le sirve para hablar del viaje en busca de ese no sé qué que todo poeta realiza a su interior, se halle donde se halle: aquende o allende. La respuesta son estos conmovedores poemas de cadencia y ritmo brillante que nos llevan a recordar otras épocas más cercanas a la naturaleza y alejadas de redes sociales, ya que no estaban descubiertas: «Jugándome el ámbar de las horas, / apostado oculto recogido en / el vientre feraz de lo que el mundo / olvida: el jerez dulce, la brisa en su hora, / el pan leve, la caricia de liquen y el / saberme inobservado…» (p. 22).
Y otra de las voces que se presentan ya desde el título y a ella me lleva es a la conocida y bíblica reina Ester, joven judía, y a su oración amorosa: «Mi Señor y Dios nuestro, tú eres único. / Ven en mi socorro, que estoy sola / y no tengo socorro sino en ti, / y mi vida está en peligro» (Biblia de Jerusalén, 1966: Libro de Ester, 4, 17l). Creo pues que Miguel Ángel Serrano reconoce en la voz de Esther, la otredad, al igual que Ester con su pueblo judío, y la hace suya en su yo poético y sensual experiencia vital: «Que lo último que bañe mis ojos/ sea la brisa húmeda que de tu boca/ asoma, y suene un himno y trinar, / tornado en olor de mar alzada» (p. 9). Así́ pues, en este poemario reconocemos la voz de mujer que también apuesta por el otro y ella y su historia, sea la que sea, es celebrada y rescatada para compartirla, un pretexto muy interesante y más en estos momentos de guerras varias: en Ucrania y en Palestina, por ejemplo y sin ir más lejos. Todo está́ unido: amor y dolor, paz y guerra. Y la noticia del mundo tiene voz en Serrano en esta La canción de Esther: «Con el trino rey gobernado» (p. 46).
Tal vez sea su mejor poemario o al menos el de mayor madurez, con unos poemas que trascienden y conmueven, y de qué manera. El poeta ha aprendido de la poesía de la vida y de Esther en su encuentro, como creador literario que es, y se ha hecho su amante, consiguiendo en su quehacer demiurgo que la persona lectora de estos poemas viva la experiencia que plasma en sus versos: «Si pudiera yo elegir una vida, / a salvo del cierzo y la lluvia inclinada, / estarías al fondo de mi alma, / dintel de una dicha que al día llega» (p. 23).
Fulgurantes versos nos acompañan que trascienden y nos trascienden desde la cita de W. B. Yeats: «Aquí́ hemos de amarrar nuestra barquilla / Y vagar para siempre, entrelazados, / Murmurándonos suave, labio a labio, / A lo largo del césped y la arena, / Lo lejos que nos quedan las tierras turbulentas», que me recuerdan a aquel famoso verso de Lope de Vega: «esto es amor, quien lo probó lo sabe». Lo que nos indica que debemos o tenemos la necesidad de construir esos cimientos del amor si queremos amar y, más aún, si queremos que nos amen, pues: «Y el premio, entonces seria plata de anochecida» (p. 59).
La canción de Ester es un poemario donde prima la búsqueda y encuentro del amor: de la otra persona, de la vida vivida que ahora hay que compartir. Donde se hace patente ese dominio del lenguaje, cual orfebre, que busca, que persigue, en su pulso particular del poeta: memoria, mirada y lenguaje. Esa epifanía que nos deja balbuciendo, diríase. Donde el sujeto poético solo es siendo, en imbricación con la otredad, con el otro: principio y génesis de todo, hasta de la zarza ardiente: «Vida en fe» (p. 63).
Cabe señalar también que Miguel Ángel Serrano es consecuente desde su primer libro con el pulso al lengua- je, la mirada y la memoria, Un presagio (Bartleby, 2013), en el que el poeta se fundía, en los caminos, con el espacio natural, místico y mítico de Castilla y León: donde todo viaje implicaba un regreso, aunque solo fuera a un territorio imaginado. Fue un intento de despojarse del peso que nos vence para entrar en el devenir telúrico del silencio lirico del que no podemos tener conocimiento pleno, pero sí sensación e impronta: la huella que deja en el que va a su encuentro, esa alma poetizada, esa realidad como una aguada leve en un lienzo de seda: «Tela para el blasón de los que canta» (p. 65), nos dice en La canción de Esther. Y en el segundo poemario, Lobos del olvido (Bartleby, 2019), el adulto se encontraba y era interpelado por el niño que fue: lo que ataca el olvido sin llegar a borrarlo es una imagen presentida y agazapada, a la espera de un salto que, como un resorte, nos ataca a traición: una memoria que acabará alcanzándonos para mostrar la pugna entre lo que somos, lo que fuimos y lo que debimos ser sabiendo que: «Siempre al Norte hay viento nuevo» (p. 50), apunta en La canción de Esther. Y ahora en este poemario que nos ocupa, nos propone esa indagación sobre la posibilidad de ser en dos, el yo y el otro, cual dios Jano, con una mirada lúdica y lúcida, pues en lo lúdico está lo lúcido. Y el encuentro con el otro no debe ser una tragedia y sí una celebración: «Si pudiera yo elegir una vida, / estarías al fondo de un paisaje, / azuleada en mosaico por un aire / ligero de vera- no inesperado» (p. 23).
Cabe apuntar que Miguel Ángel Serrano es novelista, ensayista y poeta; doctor en Economía y asesor; además, es activista en pro de los derechos de los escritores, que son también los de los lectores, y ha sido secretario general de la Asociación Colegial de Escritores y vicepresidente y presidente de European Writers’ Council, de la que ha sido nombrado presidente de honor en 2025, como ya hemos citado. También ha publicado las novelas Tango (Premio José́ María de Pereda de Novela Corta del Gobierno de Cantabria), Jardín de espinos y El hombre de bronce; el ensayo histórico La ciudad de las bombas: Barcelona y los años trágicos del movimiento obrero, y los poemarios Un presagio y Lobos del olvido, además de críticas y artículos. Fue finalista del premio NH Hoteles por el relato El veneno del profundo pesar. Su último libro es Androiceno: escribir en la era de la inteligencia artificial, en el que reflexiona sobre la intersección entre tecnología, sociedad y cultura. «Descansa quien conoce, y no al contrario» (p. 48).
ENRIQUE VILLAGRASA. Revista TURIA nº 159.
Miguel Ángel Serrano, La canción de Esther, Madrid, El Sastre de Apollinaire, 2025.





